Camiseta de Lulia Augusta Emerita

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Augusta Emerita, capital de la diócesis Hispaniarum durante el Bajoimperio
Las características más significativas que definen este período en la ciudad de Mérida, a finales del s. III y a lo largo de todo el s. IV son, por un lado, la continuidad de su trama urbana y, por otro, su intensa actividad edilicia relacionada, al parecer, con el nuevo status jurídico que, tras las reforma administrativa llevada a cabo por Diocleciano, convierte a Mérida en la Capital de la Diócesis Hispaniarum y, por tanto, en la sede del vicarius hispaniarum.
El desarrollo urbano que va a experimentar la colonia durante este período de estabilización socio-económica de Constantino y sucesores, va a convertir a la ciudad en una de las más importantes del mundo romano. Al dato histórico que nos ofrece el testimonio de Ausonio, –poeta del siglo IV– que en su obra Ordo Urbium nobilium, hace mención a las ciudades de Hispania en los versos 81 y siguientes:

“Clara mihi post has memorabore, nomem latinum,
Emerita. Aequorens quam praeterlabitur amnis,
summittit cui tota suos Hispania fasces.
Corduba non, non arce potens ibi Tarraco certat
Quaeque sinn pelagi iactat se Bracara dives”

Trad. “Tras éstas recordaré a la ilustre Emérita, nombre latino, a la que baña un río grande como un mar, ante quien Hispania entera baja sus fasces.
Ni Córdoba, ni Tarraco, poderosa ciudadela, rivalizan contigo, ni Bracara, que se jacta de ser rica en el centro de los mares”.
Hay que añadir también la noticia trasmitida en el Laterculus Pelemii Silvi –texto administrativo de fines del siglo IV–, cuyo texto nombra únicamente a Augusta Emerita en la nomina provinciarum.
“IV. Nomina Provinciarum….in Hispania VII
2 Prima: Tarraconensis
3 Secunda: Carthaginiensis
4 Tertia: Baetica
5 Quarta: Lusitania, in quia est Emerita
6 Quinta: Gallaecia
7 Sexta: Insulae Balearis
8 Septima: Tingitana”.

Actualmente, no parecen existir dudas, que tras las reformas llevadas a cabo por Diocleciano, Emerita Augusta fue elegida como capital de la diócesis Hispaniarum en detrimento de la hipótesis que señalaba a Hispalis (Sevilla) o Tarraco (Tarragona), como posible residencia del Vicarius de la diócesis.

Esta nueva característica la convierte en un centro administrativo, económico y político de gran importancia en el conjunto de la Hispania bajo imperial, incluyendo parte del Norte de África, manteniendo esta posición hegemónica incluso después de las invasiones germanas del siglo quinto. Es el momento en el que se llevan a cabo la reconstrucción de diversos edificios públicos como el Circo y el Teatro, confirmados por las últimas excavaciones llevadas a cabo en sus recintos, así como la remodelación que vive la ciudad con la edificación de numerosas mansiones situadas intramuros de la misma (Casa de los mármoles, Casa Basílica o del Teatro, etc.) Este auge constructivo se traslada también al campo, con la aparición de pavimentos musivos de gran calidad, decorados con motivos figurativos, en algunos casos, y geométricos en otros. Villae con importantes mosaicos se han documentado en Pesquero (Pueblonuevo del Guadiana), donde se ha recuperado una importante escena órfica, y en Las Tiendas (Mérida), donde se representan escenas de cacería y bustos con cuatro estaciones. En estas villas rústicas se asiste a un período de cambios donde los asentamientos rurales, en la mayoría de los casos, experimentan un enriquecimiento importante de los materiales utilizados en su parte noble, es como si el mundo urbano se fuera desplazando decisivamente en el mundo rural. Igualmente la concentración de la propiedad debió ser un hecho generalizado en este territorio como ocurre en el resto del Imperio.

Respecto a la difusión del cristianismo en la colonia, la iglesia de Mérida parece contar con un prestigio reconocido desde el siglo III, según se deduce de la epístola 69 de Cipriano de Cartago. En ella se hace mención al diácono Elio y a la congregación de la ciudad– item Aelio diacono et plebi Emeritae consistentibus in Domino– como consecuencia de los problemas surgidos con su obispo Marcial.
También durante la persecución contra los cristianos llevada a cabo bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano Hercúleo, tuvo lugar en la ciudad el martirio de Eulalia, como pone de manifiesto el poeta cristiano Aurelio Prudencio en su Peristephanon, Hym. 3.
Este hecho reactivaría la comunidad cristiana de la ciudad, y sin duda aseguraría a su iglesia importantes donaciones desde época temprana. Esta coyuntura religiosa y social convirtió desde entonces a la ciudad en lugar de peregrinación y culto, convirtiéndose la mártir en protectora de la misma.
Otra fuente documental importante que corrobora esta implantación de una comunidad cristiana influyente en la ciudad son las actas de los concilios hispanorromanos, donde se tiene constancia de la presencia del obispo de Mérida, Liberio, al primer concilio celebrado por la iglesia hispana en Illiberis (Granada) en el año 314. En el año 380, otro obispo de Mérida, Hydacio, que tendría al final del siglo IV e inicios del V un papel muy destacado en la lucha entre ortodoxos y herejes, asistió al concilio convocado en Caesaraugusta para ocuparse de la herejía priscilianista, muy extendida por la provincia. Todo ello viene a mostrarnos una iglesia influyente, con un prestigio teológico asociado a una amplia proyección social y a una creciente riqueza, que la convertirán durante el siglo V-VI en la iglesia más preponderante y rica de España.

El siglo V representa para Mérida y su provincia, al igual que para la mayoría de los territorios situados a occidente de Roma, la presencia de las primeras invasiones bárbaras del norte. Así suevos, alanos y vándalos lucharán por hacerse con la renombrada ciudad del Occidente latino. Por Hydacio (obispo de Gallaecia), sabemos de la importancia que sigue manteniendo Mérida en el siglo V, al hacer una referencial y destacada mención en su Continuatio Chronicarum Hieromyniarum, donde al parecer la ciudad intramuros no sufriría daños de consideración por parte de los distintos reyes bárbaros que se acercaron a sus puertas. No así las zonas situadas extramuros que sí se verán arrasadas; las áreas de necrópolis sitas en las vías de salida hacia Astorga o Córdoba, la profanación del túmulo de Eulalia por el rey suevo Hermegario en el 429, así como la destrucción de las domus anexas a la muralla en la zona Oeste de la ciudad.
La crónica de Hydacio –obispo de Aquae Flaviae, actual Chaves en Portugal –es también una fuente de vital importancia para conocer la continuidad y el desarrollo del cristianismo trinitario en Mérida. Para el año 445 señala que el obispo de la ciudad era un tal Antonino, convirtiéndose la sede emeritense en referente para otras sedes episcopales de la Hispania de ese momento. Con posterioridad, la iglesia martirial de Santa Eulalia muestra la importancia histórica y artística de esta basílica, la cual está estrechamente relacionada con la diversidad de muestras escultóricas y arquitectónicas que atesora, procedentes de todos los monumentos históricos de la ciudad y su área de influencia.

Una vez desaparecida la autoridad imperial de manera definitiva, será un pueblo bárbaro; los visigodos, los que hagan su aparición en la ciudad (año 468), aunque no sabemos ni en que número, ni cuanto tiempo estuvieron. Más tarde, con el establecimiento definitivo del pueblo godo en la Península, terminaría por establecerse en la ciudad un gobernador (dux), desde donde ejercerá el poder para toda la provincia lusitana.

Por Isidoro de Sevilla, que en su Historiae visigothorum, Sueborum et Vandalorum cita en numerosas ocasiones la ciudad de Mérida, sabemos del respeto que despierta en numerosos reyes bárbaros el edificio martirial donde se encuentran los restos de santa Eulalia. No obstante, ello no fue óbice para terminar siendo arrasado, como han demostrado las excavaciones llevadas a cabo en la última década. Asimismo cita a los reyes visigodos que pasaron por la ciudad, llegando a ser durante el reinado de Agila, a mediados del siglo VI, sede regia de la monarquía visigoda. Esta elección de Mérida no fraguaría por motivos políticos y estratégicos, trasladándose definitivamente la capital del reino a Toledo.