Camiseta Gonzalo Fernández de Córdoba

25,00 €

Algodón 100% Calidad Premium Detalle en doble costura en cuello Parche bordado verso Hernando de Acuña Cambio de talla durante los 15 días siguiente a la fecha de compra (OPCIONAL) Envío en caja personalizada con cierre magnético ideal para regalo.

Gonzalo Fernández de Córdoba y Enríquez de Aguilar (Montilla1 de septiembre de 1453Granada2 de diciembre de 1515) fue un noble y militar castellanoduque de SantángeloTerranovaAndríaMontalto y Sessa, llamado por su excelencia en la guerra el Gran Capitán. En su honor, el tercio de la Legión Española acuartelado en Melilla lleva su nombre. También fue caballero y comendador de la Orden de Santiago.

Capitán castellano nacido en el castillo de Montilla, a la sazón perteneciente al Señorío de Aguilar, al servicio de los Reyes Católicos. Pariente de Fernando el Católico y miembro de la nobleza andaluza (perteneciente a la Casa de Aguilar), hijo segundo del noble caballero Pedro Fernández de Aguilar, V señor de Aguilar de la Frontera y de Priego de Córdoba, que murió muy mozo, y de Elvira de Herrera y Enríquez, prima de Juana Enríquez, reina consorte de Aragón, ya que era hija de Pedro Núñez de Herrera, señor de Pedraza y de Blanca Enríquez de Mendoza, que fue hija del almirante Alfonso Enríquez (hijo de Fadrique Alfonso de Castilla) y de Juana de Mendoza «la Ricahembra».

Gonzalo y su hermano mayor Alfonso Fernández de Córdoba se criaron en Córdoba al cuidado del prudente y discreto caballero Pedro de Cárcamo. Siendo niño fue incorporado como paje al servicio del príncipe Alfonso, hermano de la luego reina Isabel I de Castilla, y a la muerte de este, pasó al séquito de la princesa Isabel. La hermana de ambos, conocida con el nombre de Leonor de Arellano y Fernández de Córdoba, se casaría con Martín Fernández de Córdobaalcaide de los Donceles.

El Gran Capitán fue un genio militar excepcionalmente dotado, que por primera vez manejó combinadamente la infantería, la caballería, y la artillería aprovechándose del apoyo naval. Supo mover hábilmente a sus tropas y llevar al enemigo al terreno que había elegido como más favorable. Revolucionó la técnica militar mediante la reorganización de la infantería en coronelías (embrión de los futuros tercios). Idolatrado por sus soldados y admirado por todos, tuvo en su popularidad su mayor enemigo.

La combinación de las operaciones de combate permitió a Gonzalo Fernández de Córdoba, en el transcurso de las guerras de Italia, introducir varias reformas sucesivas en el ejército español, que desembocaron en el Tercio. La primera reorganización fue en 1503. Gonzalo creó la división con dos coronelías de 6000 infantes cada una, 800 hombres de armas, 800 caballos ligeros y 22 cañones. El general tenía en sus manos todos los medios para llevar el combate hasta la decisión. Gonzalo de Córdoba dio el predominio a la infantería, que es capaz de maniobrar en toda clase de terrenos. Dobló la proporción de arcabuceros, uno por cada cinco infantes, y armó con espadas cortas y lanzas arrojadizas a dos infantes de cada cinco, encargados de deslizarse entre las largas picas de los batallones de esguízaros suizos y lansquenetes y herir al adversario en el vientre.

Dio a la caballería un papel más importante para enfrentarse a un enemigo «roto» (persecución u hostigamiento) que para «romperlo» quitándole el papel de reina de las batallas que había tenido hasta entonces.​ Sustituyó la guerra de choque medieval por la táctica de defensa-ataque dando preferencia a la infantería sobre todas las armas.

Puso en práctica, además, un escalonamiento en profundidad, en tres líneas sucesivas, para tener una reserva y una posibilidad suplementaria de maniobra. Gonzalo Fernández de Córdoba facilitó el paso de la columna de viaje al orden de combate fraccionando los batallones en compañías, cada una de las cuales se colocaba a la altura y a la derecha de la que le precedía, con lo que se lograba fácilmente la formación de combate. Adiestró a sus hombres mediante una disciplina rigurosa y formó su moral despertando en ellos el orgullo de cuerpo, la dignidad personal, el sentido del honor nacional y el interés religioso. Hizo de la infantería española aquel ejército formidable del que decían los franceses después de haber luchado contra él, que «no habían combatido con hombres sino con diablos».

Gonzalo entonces se retiró a Loja, pero sintiéndose enfermo regresó a Granada a principios de agosto de 1515, donde murió el 2 de diciembre. ​Sus restos reposaron temporalmente en el desaparecido convento granadino de San Francisco, mientras que se efectuaban las obras para su traslado al monasterio de San Jerónimo, hecho que finalmente ocurrió, tras el permiso de Carlos I, en 1522. En la cripta acabarían reposando también su esposa y varios familiares más, con más de 700 trofeos de guerra.

En 1810, durante la Guerra de independencia española, las tropas francesas del general Horace Sebastiani profanaron su tumba, mutilando sus restos y quemando las 700 banderas. Sebastiani, en su huida de España en 1812, se llevó su calavera y una probable copia de su espada de gala, objetos que aún hoy permanecen en paradero desconocido.​

En 1835 los restos que quedaban sufrieron una nueva exhumación tras la desamortización española, aunque un monje pudo custodiarlos y entregarlos a la familia Láinez y Fuster, miembros de la Academia de Nobles Artes, quienes lo entregaron a la Comisión de Monumentos y estos, al gobernador civil. Unos años más tarde, en 1848, el general Fermín de Ezpeleta se interesó por los huesos y, tras una un informe médico completo, descubrió que el cadáver estaba incompleto, mezclado con otros cuerpos y había multitud de objetos en la cripta. En 1868 fueron trasladados a la iglesia de San Francisco el Grande en Madrid, donde estaba proyectado un panteón de españoles ilustres; sin embargo, una vez fallido este objetivo, los restos regresaron a su cripta en el monasterio de San Jerónimo de Granada.​

En 2006, una investigación del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico concluyó que los restos no pertenecen al Gran Capitán